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martes, 14 de agosto de 2012

Juan y la habichuela mágica - Roald Dahl

Hace un tiempito publiqué "La cenicienta" de Roald Dahl, una versión muy graciosa del cuento tradicional, publicada en "Cuentos en verso para niños perversos". Hoy publicaré su versión de "Juan y la habichuela mágica".
Se me ocurre que esto de tomar cuentos clásicos y armar una nueva versión puede ser un lindo ejercicio para hacer en familia o en la escuela. No tiene porque ser por escrito. Más bien pienso en un juego oral, todos sentados en ronda. Una persona comienza con una frase y el que esté sentado a la derecha la continúa, y a su vez el que está a la derecha de ese adulto o niño agrega una tercera frase y así... 


Juan y la habichuela mágica

Roald Dahl


La madre de Juan dijo: "Se acabó.
No queda un chavo en casa... Y digo yo
que en el mercado, echándole tupé,
podrás vender la vaca, conque ve
y cuenta allí lo sana que es la Juana,
aunque tú y yo sepamos que es anciana".

Se fue Juan con la vaca y volvió luego
diciendo: "¡Madre, cómo les di el pego!
Jamás habrá un negocio tan redondo
como el que hizo tu Juan". "¡Mira el sabihondo!
Seguro que tu trato es un desastre
y que te ha dado el timo algún pillastre...".
Mas cuando Juan, con gesto artero y pillo,
extrajo una habichuela del bolsillo 
su madre saltó un cuádruple mortal,
se puso azul y le gritó: "¡Animal!
¿Te has vuelto loco? Dime, tarambana,
¿te han dado una habichuela por la Juana?
¡Te mato!", y tiró al huerto la habichuela,
agarró a Juan y le atizó candela
con la mangueta de la aspiradora
zurrándole lo menos media hora.

A las diez de la noche, sin embargo,
la alubia empezó a echar un tallo largo,
tan largo que la punta se perdía
entre las nubes cuando llegó el día.
Juanito gritó: "¡Madre, echa un vistazo
y dime si ayer no hice un negociazo!".
La madre dijo: "¡Calla, pasmarote!
¿Acaso da habichuelas ese brote
que pueda yo meter en el puchero?
¡No agotes mi paciencia, majadero!". 
"¡Por Dios, mamá, que no hablo de semillas!
¿No ves que es de oro? ¡Mira cómo brilla!".
¡Cuánta razón tenía el rapazuelo!
Allá afuera, estirándose hasta el cielo,
brillaba una alta torre de hojas de oro
más imponente que el mayor tesoro.
La madre de Juanito, espeluznada,
pegó otro brinco y dijo: "¡Qué burrada!
Hoy mismo compro un Rolls, me voy a Ibiza
y abro una cuenta en una banca suiza.
¡Vamos, mastuerzo, tráeme las que puedas
y las que no sean de oro te las quedas!".
Y Juan, sin atreverse a vacilar,
trepó por la habichuela sin tardar,
ganando altura, -no preguntéis cuánta-
hasta alcanzar la punta de la planta.
Mas una vez allí ocurrió una cosa
de lo más espantable y horrorosa:
se levantó un estruendo tremebundo
como si se acercara el fin del mundo
y habló una voz terrible, muy cercana,
que dijo: "¡¡Estoy oliendo a carne humana!!".
Juanito se dio un susto de caballo
y sin pensarlo más bajó del tallo. 
"¡Ay, madre!, si lo sé yo no te escucho,
que arriba hay un señor que grita mucho,
que yo lo he visto, y me parece injusto
subir y que me peguen otro susto...!
Es un gigante. Y anda bien de olfato".
"¡Qué tonterías dices, mentecato!". 
"Me olió sin verme, madre, te lo juro.
Es un gigante enorme, estoy seguro...". 
"Naturalmente que te olió, marrano,
que no te duchas más que en verano
y apestas como un chivo y no obedeces
por más que te lo mande cien mil veces...".
Juan respondió: "Mamá, ¿por qué no subes,
ya que eres tan valiente, hasta las nubes
tú misma?", y ella dijo: "¡Desde luego!
Yo sin luchar a tope no me entrego". 
Se arremangó las faldas y de un salto
tomó la enorme planta por asalto
y se perdió en sus hojas, mientras Juan
dudaba del buen éxito del plan,
temiendo que el tufillo mareante
de su mamá enfadara a aquel gigante.

Mirando arriba estaba... hasta que un ruido
que no esperaba, más bien un chasquido
terrible, y una voz desde la altura
llegaron a su oído: "¡Estaba dura
y le sobraban huesos, pero al menos
los dos muslitos me han sabido buenos!". 
"¡Atiza! -exclamó Juan-. ¡Ese chiflado
se merendó a mi madre de un bocado!
-Olfateó- ya lo decía yo.
Ese tufillo horrible...". Y contempló
la inmensa planta de oro: "¡Mala suerte!
Tendré que enjabonarme y frotar fuerte
para poder pasar por inodoro
si quiero reincidir en lo del oro". 
Conque se dirigió al cuarto de baño
por la primera vez en aquel año,
gastó siete champús, doce jabones
y se llenó los pelos de lociones,
se cepilló las muelas y los dientes
y se dejó las uñas relucientes.

Volvió luego a la planta nuestro chico
y allí arriba seguía, hecho un borrico,
sorbiéndose los mocos y escupiendo,
nuestro gigante bárbaro y horrendo:
"¡¡No estoy oliendo a nada por ahora!!",
gruñía sordamente. Varias horas
esperó Juan. Por fin cayó dormido
el monstruo, y el muchacho, sin un ruido,
hizo cosecha de oro a troche y moche
y durmió billonario aquella noche.
"Bañarse, -dijo-, es algo muy seguro.
Me daré un baño al mes en el futuro".


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