Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 2 de septiembre de 2012

Charlie y la fábrica de chocolate - Cap. I y II - Roald Dahl

La primera adaptación de "Charlie y la fábrica de chocolate" al cine (1971), la vi por televisión cuando tenía unos 10 u 11 años, y quedé tan fascinada que nunca la olvidé. Por aquella época, no sabía aún que estaba basada en la novela homónima escrita por aquel escritor que estaba descubriendo gracias a las clases de inglés... De eso me enteré varios años más tarde... 
En el año 2005, se realizó una nueva adaptación de Hollywood pero el recuerdo de mi fascinación infantil hizo que no me gustara tanto como esperaba... Nunca se mira igual con ojos de adulto que con ojos de niño...
¿A que voy con tanta anécdota? A que a pesar de amar a Roald Dahl y de haberme fascinado con Willy Wonka, Charlie, los Oompa Loompas y demás, nunca llegué a leer el libro. 
Por eso se me ocurrió que "Charlie y la fábrica de chocolate" (1964) sería una linda propuesta de lectura para el mes de Septiembre.
La novela cuenta con 30 capítulos cortos, que publicaré de a 2 capítulos por post.
Espero que la disfruten.
:D






Aquí viene Charlie





Estos dos señores tan viejos son el padre y la madre del señor Bucket. Se llaman abuelo Joe y abuela Josephine.

Y estos dos señores tan viejos son el padre y la madre de la señora Bucket. Se llaman abuelo George y abuela Georgina. 



Este es el señor Bucket. Esta es la señora Bucket. El señor y la señora Bucket tienen un hijo que se llama Charlie Bucket. 
Este es Charlie.
¿Cómo estás? Y tú, ¿cómo estás? Charlie se alegra de conoceros.

Toda esta familia —las seis personas mayores (cuéntalas) y el pequeño Charlie Bucket— viven juntos en una casita de madera en las afueras de una gran ciudad.



La casa no era lo bastante grande para tanta gente, y la vida resultaba realmente incómoda para todos. En total, sólo había dos habitaciones y una sola cama. La cama estaba reservada a los cuatro abuelos, porque eran muy viejos y estaban cansados. Tan cansados que nunca salían de ella.


El abuelo Joe y la abuela Josephine de este lado, y el abuelo George y la abuela Georgina de este otro. 

El señor y la señora Bucket y el pequeño Charlie Bucket dormían en la otra habitación, sobre colchones extendidos en el suelo.
En el verano esto se podía soportar, pero en el invierno heladas corrientes de aire soplaban a la altura del suelo durante toda la noche y era horrible.

No había para ellos posibilidad alguna de comprar una casa mejor, o aun de comprar otra carpa. Eran
demasiado pobres para eso. 

El señor Bucket era el único en la familia que tenía empleo. Trabajaba en una fábrica de pasta dentífrica, donde pasaba el día entero sentado en un banco ajustando los pequeños tapones de los tubos de pasta dentífrica después de que éstos hubiesen sido llenados. Pero un taponador de tubos de pasta dentífrica nunca gana mucho dinero, y el pobre señor Bucket, por más que trabajase y por más velozmente que taponase los tubos, jamás conseguía ganar lo suficiente para comprar la mitad de las cosas que una familia numerosa necesitaba. No había ni siquiera bastante dinero para comprar comida adecuada para todos ellos.

Las únicas comidas que podían permitirse eran pan y margarina para el desayuno, patatas y repollo cocido para el almuerzo y sopa de repollo para la cena. Los domingos eran un poco mejor. Todos esperaban ilusionados que llegara el domingo, porque entonces, a pesar de que comían exactamente lo mismo, a todos les estaba permitido repetir.

Los Bucket, por supuesto, no se morían de hambre, pero todos ellos —los dos viejos abuelos, las dos viejas abuelas, el padre de Charlie, la madre de Charlie y especialmente el propio Charlie pasaban el día de la mañana a la noche con una horrible sensación de vacío en el estómago.

Charlie era quien más la sentía. Y a pesar de que su padre y su madre a menudo renunciaban a sus propias raciones de almuerzo o cena para dársela a él, ni siquiera esto era suficiente para un niño en edad de crecer. Charlie quería desesperadamente algo más alimenticio y satisfactorio que repollo y sopa de repollo. Lo que deseaba más que nada en el mundo era... CHOCOLATE.

Por las mañanas, al ir a la escuela, Charlie podía ver grandes filas de tabletas de chocolate en los escaparates de las tiendas, y solía detenerse para mirarlas, apretando la nariz contra el cristal, mientras la boca se le hacía agua. Muchas veces al día veía a los demás niños sacar cremosas chocolatinas de sus bolsillos y masticarlas ávidamente, y eso, por supuesto, era una autentica tortura.

Sólo una vez al año, en su cumpleaños, lograba Charlie Bucket probar un trozo de chocolate. Toda la familia ahorraba su dinero para esta ocasión especial, y  cuando llegaba el gran día, Charlie recibía de regalo una chocolatina para comérsela él solo. Y cada vez que la recibía, en aquellas maravillosas mañanas de cumpleaños, la colocaba cuidadosamente dentro de una pequeña caja de madera y la atesoraba como si fuese una barra de oro puro; y durante los días siguientes sólo se permitía mirarla, pero nunca tocarla. Por fin, cuando ya no podía soportarlo más, desprendía un trocito diminuto del papel que la envolvía para descubrir un trocito diminuto de chocolate, y daba un diminuto mordisco justo lo suficiente para dejar que el maravilloso sabor azucarado se extendiese lentamente por su lengua. Al día siguiente daba otro diminuto mordisco, y así sucesivamente. Y de este modo, Charlie conseguía que la chocolatina de seis peniques que le regalaban por su cumpleaños durase más de un mes.  
Pero aún no os he hablado de la única cosa horrible que torturaba al pequeño Charlie, el amante del chocolate, más que cualquier otra. Esto era para él mucho, mucho peor que ver las tabletas de chocolate en los escaparates de las tiendas o contemplar cómo los demás niños masticaban cremosas chocolatinas ante sus propios ojos. Era la cosa más torturante que podáis imaginaros, y era ésta:

¡En la propia ciudad, a la vista de la casa en la que vivía Charlie, había una ENORME FABRICA DE
CHOCOLATE! 

¿Os lo imagináis?

Y no era tampoco simplemente una enorme fábrica de chocolate. ¡Era la más grande y famosa del mundo entero! Era la FABRICA WONKA, cuyo propietario era un hombre llamado el señor Willy Wonka, el mayor inventor y fabricante de chocolate que ha existido. ¡Y qué magnífico, qué maravilloso lugar era éste! Tenía inmensos portones de hierro que conducían a su interior, y lo rodeaba un altísimo muro, y sus chimeneas despedían humo, y desde sus profundidades podían oírse extraños sonidos sibilantes. ¡Y fuera de los muros, a lo largo de una media milla en derredor, en todas direcciones, el aire estaba perfumado con el denso y delicioso aroma del chocolate derretido!

Dos veces al día, al ir y venir de la escuela, el pequeño Charlie Bucket pasaba justamente por delante de las puertas de la fábrica. Y cada vez que lo hacía empezaba a caminar muy, muy lentamente, manteniendo la nariz elevada en el aire, y aspiraba largas y profundas bocanadas del maravilloso olor a chocolate que le rodeaba. 

¡Ah, cómo le gustaba ese olor!

¡Y cómo deseaba poder entrar en la fábrica para ver cómo era!


II

La fábrica del Sr. Willy Wonka

Por las noches, después de haber terminado su aguada sopa de repollo, Charlie iba siempre a la habitación de los cuatro abuelos para escuchar sus cuentos, y luego, más tarde, para darles las buenas noches.
Cada uno de estos ancianos tenía más de noventa años. Estaban tan arrugados como ciruelas pasas y tan huesudos como esqueletos, y durante el día, hasta que Charlie hacía su aparición, yacían acurrucados en la única cama, dos en cada extremo, con gorros de dormir para conservar abrigadas sus cabezas, dormitando para pasar el tiempo, sin nada que hacer. Pero en cuanto oían abrirse la puerta y la voz de Charlie diciendo «Buenas noches, abuelo Joe y abuela Josephine, abuelo George y abuela Georgina», los cuatro se incorporaban rápidamente, y sus arrugadas caras se encendían con una sonrisa de placer, y la conversación empezaba. Adoraban al pequeño Charlie. El era la única alegría de su vida, y sus visitas nocturnas eran algo que esperaban ilusionados durante todo el día. A menudo, la madre y el padre de Charlie acudían también a la habitación y se quedaban de pie junto a la puerta, escuchando las historias que contaban los ancianos, y así, durante una media hora cada noche, esta habitación se convertía en un lugar feliz, y la familia entera conseguía olvidar que era pobre y pasaba mucha hambre.
Una noche, cuando Charlie entró a ver a sus abuelos, les dijo:

—¿Es verdad que la Fábrica de Chocolate de Wonka es la más grande del mundo?
—¿Que sí es verdad? —gritaron los cuatro al unísono— ¡Claro que es verdad! Santo Cielo, ¿es que no lo sabías? ¡Es cincuenta veces más grande que cualquier otra!
—¿Y es verdad que el señor Willy Wonka es el fabricante de chocolate más inteligente del mundo?
—Mi querido muchacho —dijo el abuelo Joe, incorporándose un poco más sobre su almohada— , ¡el señor Willv Wonka es el fabricante de chocolate más asombroso, más fantástico, más extraordinario que el mundo ha conocido! ¡Creí que todos lo sabían!
—Yo sabía que era famoso, abuelo Joe, y sabía que era muy inteligente...
—¡Inteligente! —gritó el anciano—. ¡Es más que eso! ¡Es un mago del chocolate! ¡Puede hacer cualquier cosa, todo lo que quiera! ¿No es verdad, queridos?

Los otros tres ancianos movieron afirmativamente la cabeza y dijeron:

—Absolutamente verdad. No puede serlo más.
Y el abuelo Joe dijo:
—¿Quieres decir que nunca te he hablado del señor Willy Wonka y de su fábrica?
—Nunca —respondió el pequeño Charlie.
—¡Santísimo Cielo! ¡No sé qué me ocurre!
—¿Me lo contarás ahora, abuelo Joe, por favor?
—Claro que sí. Siéntate en la cama junto a mí, querido niño, y escucha con atención.

El abuelo Joe era el más anciano de los cuatro abuelos. Tenía noventa y seis años y medio, y ésa es una edad muy respetable para cualquiera. Era débil y delicado como toda la gente muy anciana y hablaba muy poco a lo largo del día. Pero por las noches, cuando Charlie, su adorado nieto, estaba en la habitación parecía, de una forma misteriosa, volverse joven otra vez. Todo su cansancio desaparecía y se ponía tan ansioso y excitado como un niño.

—¡Qué hombre es este señor Willy Wonka! — gritó el abuelo Joe—. ¿Sabías, por ejemplo, que él mismo ha inventado más de doscientas nuevas clases de chocolatinas, cada una de ellas con un relleno diferente, cada una mucho más dulce, suave y deliciosa que cualquiera de las que puedan producir las demás fábricas de chocolate?
—¡Es la pura verdad! —gritó la abuela Josephine—. ¡Y las envía a todos los países del mundo! ¿No es así, abuelo Joe?
—Así es, querida mía, así es. Y también a todos los reyes y a todos los presidentes del mundo. Pero no sólo fabrica chocolatinas. ¡Ya lo creo que no! ¡El señor Willy Wonka tiene en su haber algunas invenciones realmente fantásticas! ¿Sabías que ha inventado un método para fabricar helado de chocolate de modo que éste se mantenga frío durante horas y horas sin necesidad de meterlo en la nevera? ¡Hasta puedes dejarlo al sol toda una mañana en un día caluroso y nunca se derretirá!
—¡Pero eso es imposible! —dijo el pequeño Charlie, mirando asombrado a su abuelo.
—¡Claro que es imposible! —exclamó el abuelo Joe—. ¡Es completamente absurdo! ¡Pero el señor Willy Bonka lo ha conseguido!
—¡Exactamente! —asintieron los demás, moviendo afirmativamente la cabeza—. El señor Wonka lo ha conseguido.
—Y además —continuó el abuelo Joe, hablando ahora muy lentamente para que Charlie no se perdiese una sola palabra—, el señor Willy Wonka puede hacer caramelos que saben a violetas, y caramelos que cambian de color cada diez segundos a medida que se van chupando, y pequeños dulces ligeros como una pluma que se derriten deliciosamente en el momento en que te los pones entre los labios. Puede hacer chicle que no pierde nunca su sabor, y globos de caramelo que puedes hinchar hasta hacerlos enormes antes de reventarlos con un alfiler y comértelos. Y, con una receta más secreta aun, puede confeccionar hermosos huevos de azulejos con manchas negras, y cuando te pones uno de ellos en la boca, éste se hace cada vez más pequeño hasta que de pronto no queda nada de él excepto un minúsculo pajarillo de azúcar posado en la punta de tu lengua.

El abuelo Joe hizo una pausa y se relamió lentamente los labios.

—Se me hace la boca agua sólo de pensar en ello —dijo.
—A mí también —dijo el pequeño Charlie—. Pero sigue, por favor.

Mientras hablaban, el señor y la señora Bucket, el padre y la madre de Charlie, habían entrado silenciosamente en la habitación, y ahora estaban de pie junto a la puerta, escuchando.

—Cuéntale a Charlie la historia de aquel loco príncipe indio —dijo la abuela Josephine—. Le gustará oírla.
— Te refieres al príncipe Pondicherry? —dijo el abuelo Joe, y se echó a reír.
—¡Completamente loco! —dijo el abuelo George.
—Pero muy rico —dijo la abuela Georgina.
—¿Qué hizo?—preguntó Charlie ansiosamente.
—Escucha —dijo el abuelo Joe— y te lo diré. 



7 comentarios:

  1. hoal me pódrias decir de que año es al libro porfavor?¡?¿ U,u

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  2. hola como lo imprimo completo el libro

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  3. hola como puedo imprimirlo completo este cuento charli la fabrica de chocolate completo
    porfa cuentos mágicos

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    1. Hola, mmmm, imagino que podés copiarlo a un word (esto es entrada por entrada) y luego imprimir o bien imprimir cada post por separado desde la opción "imprimir" que tenga tu navegador.

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