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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Una canción de Navidad - Capítulo II (parte 1) - Charles Dickens

Viene de "Una canción de Navidad - Capítulo I (parte 2) - Charles Dickens"


 El primero de los tres espíritus

Era tan densa la oscuridad cuando Scrooge abrió los ojos que desde su lecho podía a duras penas distinguir diferencia alguna entre la transparente ventana y las paredes de su cuarto.

En vano se esforzaba por penetrar las tinieblas con sus ojos de lince, cuando un campanario vecino dejó oír las cuatro campanadas precursoras de la hora.

Con gran sorpresa suya, la campana no se detuvo a la sexta ni a la séptima, sino que siguió tocando hasta dar las doce. ¡Las doce! Se había acostado pasadas las dos. ¡Ese reloj estaba descompuesto! Sin duda el frío había congelado la grasa de su maquinaria. ¡Las doce!

Tocó el resorte de su reloj de repetición, seguro de corregir al campanario. Su rápido tintineo se dejó oír doce veces y enmudeció.

-¡Es imposible! - dijo Scrooge -. Es imposible que haya dormido todo un día y parte de la noche siguiente. ¿Le habrá ocurrido algo al Sol y serán las doce del día?

Alarmado ante tamaña posibilidad, saltó del lecho, yendo a tientas hacia la ventana. Para poder distinguir algo, tuvo que frotar con la manga los empañados cristales y aún así, lo poco que vio fue que aún duraba la niebla, que hacía mucho frío y que no había señal alguna de la conmoción que entre las gentes habría producido el hecho insólito de haberse la noche enseñoreado del mundo, derrotado al día. Esto lo tranquilizó bastante porque, de haber ocurrido la temible catástrofe sideral, ¿qué valor tendrían los múltiples documentos que rezaban: "A ocho días vista pagaré a Ebenezer Scrooge..., etcétera"?

Scrooge volvió a acostarse y, por más que pensó y pensó, no consiguió hallar explicación alguna satisfactoria. Cuanto más cavilaba menos lo entendía y cuanto menos quería cavilar más vueltas le daba en la cabeza al misterio.

El espectro de Marley lo preocupaba sobremanera. Cuando le parecía haber dispuesto de la cuestión decidiendo que había sido un sueño, su mente revertía los acontecimientos pasados y de nuevo presentaba el problema: ¿Sueño o realidad?

En tal disposición permaneció Scrooge, hasta oír dar los tres cuartos para la siguiente hora. Entonces recordó que el espectro le había anunciado la primera visita cuando la campana tocase la una.

Resolvió esperar despierto a que pasase la hora fatídica, resolución que no le fue difícil de llevar a cabo ya que tenía tantas probabilidades de dormirse, aún deseándolo, como de ir al Cielo.

Tan larga se le hizo la espera que llegó a creer que había dormitado involuntariamente, dejando pasar la hora. Pero pronto a sus oídos llegó el tañido de la campana.

-¡Ding! ¡Dong!
-Las doce y cuarto - dijo Scrooge.
-¡Ding! ¡Dong!
-Las doce y media - siguió contando.
-¡Ding! ¡Dong!
-La una menos cuarto.
-¡Ding! ¡Dong!
-¡La una! - exclamó triunfante -. ¡Y nada más que la una! - dijo sin esperar a que la campana de las horas la anunciase. Pero no se había aún extinguido el eco de la profunda y melancólica campanada, cuando la habitación se inundó de luz y las cortinas de su lecho se descorrieron.

Puedo asegurarlo. Una mano descorrió las cortinas de su lecho. No las situadas a los pies, ni las de la cabecera, sino las de los lados. Se descorrieron esas cortinas y Scrooge, sobresaltado, se incorporó a medias, encontrándose cara a cara con el sobrenatural personaje, tan cerca de él como yo lo estoy de ti, querido lector. Y cuenta que espiritualmente estoy a tu lado.

Era una figura extraña, parecía un niño, mejor dicho, parecía un anciano que, por una mágica inversión de perspectiva, se viese reducido a las proporciones de un niño. El cabello le caía sobre los hombros y era blanco como la nieve, pero el rostro no presentaba la menor arruga y su ternura era la de la primera juventud. Los brazos eran largos y musculosos y, como las manos, reveladores de extraordinaria fuerza. Iba descalzo de pie y pierna, llevando una especie de túnica blanca, ceñida a la cintura por una faja de lustroso material cuyo satinado era admirable. En la mano llevaba una rama de acebo y, formando singular contraste con ese emblema invernal, su túnica estaba guarnecida de flores estivales. Pero lo más chocante era que de su cabeza emanaba un brillante rayo de luz que lo iluminaba todo y que justificaba e gorro en forma de apagador que llevaba bajo el brazo y que sin duda utilizaba cuando no juzgaba precisa la iluminación.

Sin embargo, no le pareció a Scrooge, que lo miraba con creciente interés, que ése fuese su más extraño atributo, sino el de poder aumentar o disminuir de visibilidad. La figura se le aparecía unas veces como falta de un brazo o de una pierna, otras como poseedora de veinte de éstas. Momentos había en los que era un torso sin cabeza o una cabeza sin torso y otros en los que desaparecía por completo para reaparecer neta y distinta como siempre.

-¿Eres el Espíritu cuya visita me fue anunciada? - preguntó scrooge.
-¡Lo soy!

Su voz era suave y agradable, pero tan apagada que parecía proceder de gran distancia.

-¿Quién eres? - prosiguió Scrooge.
-Soy el espectro de las Navidades que pasaron.
-¿En general?
-No; de las que a ti se refieren.

No hubiera podido decir Scrooge de serle preguntado, por qué pero sentía vivos deseos de ver el Espíritu con el gorro puesto. Muy cortésmente le rogó que se cubriera.

-¡Cómo! - exclamó éste -.¿Tan pronto quieres apagar con tus mundanas manos la luz que irradio? ¿No es ya bastante que seas uno de aquellos cuyas pasiones tejieron este gorro, obligándome a llevarlo calado hasta las cejas por los siglos de los siglos?

Con toda reverencia, Scrooge negó haber tenido la menor idea de ofenderlo ni la intención de forzarlo a ser caballero cubierto, atreviéndose después a preguntarle la razón de su visita.

-¡Tu propio bien! - dijo el espíritu.

Manifestó Scrooge su agradecimiento sin poder evitar el pensar que una noche de continuado reposo le hubiera sido más provechosa. El espíritu debió de oírle pensar, porque inmediatamente dijo:

-Si lo prefieres, tu salvación. ¡Ten cuidado!

Tendió su mano al hablar y lo tomó por la cintura.

-¡Levántate y sígueme!

De nada habría servido al pobre hombre aducir que ni el tiempo ni la hora eran las más a propósito para fines deambulatorios, que su lecho estaba bien caldeado y el termómetro considerablemente bajo cero, que calzaba zapatillas livianas y tosa su vestimenta consistía en la bata y el gorro y que para colmo tenía un resfriado nasal. El impulso de la mano del espíritu, aunque suave, era irresistible. Se levantó, y al ver que su acompañante se encaminaba hacia la ventana, se aferró a su ropaje suplicando:

-¡Soy un infeliz mortal! - dijo temeroso - y expuesto a caerme!
-Bastará el contacto de mi mano aquí - dijo el espíritu poniéndola sobre el corazón de scrooge - para que te veas sostenido en empresas mayores que ésta.

Al pronunciar estas palabras se filtraron por la pared encontrándose en una carretera con campos a ambos lados. La ciudad había desaparecido  no se veía el menor rastro de ella. Igualmente la oscuridad y la niebla se había disipado, sustituyéndolas un día invernal, claro y frío. El suelo se hallaba cubierto de nieve.

-¡Gran Dios! - exclamó Scrooge juntando las manos y mirando a su alrededor -. ¡Aquí me crié yo! ¡Aquí viví de niño! 

El espíritu lo miró plácidamente. Su leve contacto parecía aún influir sobre los sentidos del anciano, haciéndolo percibir mil aromas flotando en el aire, aromas relacionados con ideas, esperanzas, ilusiones, gozos y pesares olvidados desde tiempo remoto.

-Tus labios tiemblan - dijo el fantasma -. Y... ¿qué tienes en la mejilla?

Con inusitado temblor en su voz, Scrooge balbuceó que era un grano y rogó al espíritu que lo llevara donde quisiera.

-¿Recuerdas el camino? - preguntó el Espíritu.
-¡Sí, lo recuerdo! - gritó Scrooge fervorosamente-. ¡Lo seguiría con los ojos vendados!
-Es extraño que lo olvidaras durante tantos años - observó el espíritu-. Prosigamos.

Siguieron su marcha, reconociendo Scrooge al pasar las cercas, los portillos, los árboles, hasta que apareció en la lejanía un diminuto pueblecillo con su puente, su iglesia y su río serpenteaba junto a él. Hacía ellos vieron venir algunos jóvenes montados en minúsculos caballitos gritando y bromeando con otros que iban en carromatos y carretas guiadas por labriegos. Parecían estar todos de excelente humor, gritándose mutuamente, hasta llenar los campos del armonioso júbilo que los embargaba.

- Son sombras de cosas que fueron - dijo el espíritu - No advierten tu presencia.

Los alegres transeúntes se acercaban y scrooge pudo ir reconociéndolos a todos por sus nombres. ¿Por qué sólo de verlos se sentía tan conmovido? ¿Por qué latía con mayor frecuencia su corazón y sus ojos chispeaban de contento? ¿Por qué al oírlos desearse feliz Navidad al seguir sus varios caminos, separándose, lo embargaba extraño regocijo? ¿Qué era para él la feliz Navidad? ¿De qué le habían servido nunca?

-La escuela no ha quedado vacía del todo - dijo el espectro -. En ella hay un niño solitario, abandonado por sus amigos.

Sollozando, Scrooge dijo que ya lo sabía.

Dejaron la carretera tomando un sendero por que pronto llegaron a una mansión de ladrillos rojos con una cúpula coronada por una velete y una campana. Era una casa grande pero destartalada, mostrando sus dependencias en desuso, sus paredes húmedas y cubiertas de moho, sus ventanales rotos y sus rastrillos podridos. En los establos, las gallinas cacareaban y las cocheras y cobertizos estaban cubiertos de hierba.

El interior conservaba igualmente escaso rastro de su antigua grandeza, porque entrando en el tétrico zaguán y dando una ojeada por las habitaciones, cuyas puertas estaban abiertas, las encontraron frías, amplias, pero pobremente amuebladas. Flotaba en el ambiente un olor a tierra mohada, una sensación de glacial desnudez que, sin saber por qué, uno asociaba con mucho madrugar y comer poco.

Cruzando el vestíbulo, el Espíritu y Scrooge llegaron a una puerta en la parte trasera de la casa, que se abrió ante ellos permitiendo ver una habitación larga, melancólica y desnuda, cuya desnudez acentuaban las hileras de pupitres y bancos, en uno de los cuales un niño solitario leía, cerca de un escaso fuego.

Scrooge se dejó caer en un banco, llorando al ver en aquel infeliz su propia infancia con todo su abandono.

En el corazón de Scrooge, el más leve ruido de la casa, el gotear de la semideshelada cañería, el rumor de las hojas del álamo mecido por el viento, el batir de una puerta mal cerrada fueron otras tantas benéficas influencias de alivio que le proporcionaron ocasión de dar rienda suelta a su llanto.

El espíritu lo tocó en un brazo, señalando a su imagen infantil ensimismada en la lectura. Súbitamente un hombre ataviado a la extranjera, maravillosamente neto y discernible, apareció ante la ventana, por la parte de fuera con un hacha en la cintura y llevando de la brida un burro cargado de leña.

-¡Si es Alí Babá! - exclamó Scrooge extasiado -. ¡Es el querido Alí Babá! ?Sí! ¡Sí! Ahora recuerdo.

En cierta Navidad, en la que ese infeliz niño se quedó solo, vino, por primera vez, exactamente como ahora. ¡Pobre niño! ¡Y Valentín - prosiguió Scrooge - y su hermano Orsón, allí van ! Y fulano..., aquel a quien dejaron dormir a las puertas de Damasco, ¿no lo ves? Y el criado del Sultán, puesto boca abajo por el Gigantón... ¡míralo! ¡Le está bien empleado! ¡Me alegro! ¿Por qué se atrevió a casarse con la Princesa?

Oír a Scrooge comentar con toda seriedad y en voz en la que risas y lágrimas se entremezclaban asuntos tan seguramente de sus habituales ocupaciones habría causado seguramente profunda sorpresa ante sus amigos de la City.

-¡El loro! - gritó -.¡Verde y amarillo con algo parecido a una lechuga con cresta! ¡Pobre Robinson Crusoe! - le decía cuando después de recorrer la isla volvió a su casa -. Creía estar soñando, pero no era así. Era el Loro, ¿sabes? Y ahora mira a Domingo corriendo hacia la ensenada como un loco. ¡Hola! ¡Hola!

Y cambiando de tono con una rapidez extraña a su temperamento, dijo compadecido de su propia imagen.

-¡Pobre muchacho! - y rompió a llorar de nuevo -. ¡Ojalá!... - murmuró Scrooge llevándose la mano al bolsillo después de secarse las lágrimas con la mana, ¡pero ya es tarde!
-¿Qué ocurre? - preguntó el Espíritu.
-Nada - dijo Scrooge-, nada. Recuerdo que anoche un muchachito cantaba villancicos a la puerta de mi despacho y hubiera querido recompensarlo, eso es todo.

El espíritu sonrió y agitando la mano, dijo:

-¡Veamos otra Navidad!


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